Los cuadernos de Marie Curie

Para quienes no sepan, Marie Curie fue la primera mujer científica polaca en ganar el Premio Nobel en Física y Química en 1903 con su marido Pierre, y en otra ocasión la única en ganarlo en 1911. Descubría junto con su esposo no solo nuevos elementos químicos, sino también los principios de la física atómica y la radioactividad.

En los sótanos de la Biblioteca Nacional de Francia, tienen guardados en cajas especiales con varias capas de plomo, unos de los documentos más importantes de la Historia de la Ciencia. Son libretas, notas de la misma Curie, y dicen que seguirán guardados por al menos 1.500 años más. Y es que son altamente radioactivos. Pero el recelo con el que se guardan estos cuadernos va más allá de su valor para la ciencia y el conocimiento. 

Para poder consultarlos, los investigadores solo pueden hacerlo usando unos trajes de protección casi de cosmonautas y deben firmar un consentimiento en el que se exima a la institución de cualquier responsabilidad. Como todos los objetos que estuvieron cerca de la pareja, los cuadernos pueden ser altamente nocivos para el ser humano. Son probablemente los documentos mejor custodiados en una biblioteca que alberga algunos de los libros más raros y antiguos del mundo.

Más sobre Madame Curie

Si bien los Curie descubrieron el radio y el polonio, llamado así en honor a Polonia, el país donde nació Marie el 7 de noviembre de 1867, los científicos nunca imaginaron los efectos negativos que podría tener la radioactividad sobre el ser humano.

Por ello, Madame Curie murió en 1934 por una anemia aplásica, probablemente resultado de su frecuente exposición al radio y al polonio, cuyas muestras llevaba a menudo en el bolsillo.

Para ampliar, todo lo relacionado con ella y que aún se conserva, debe guardarse con precauciones extra y en cajas de plomo. Incluido el propio cadáver de la científica, el primero de una mujer en ser sepultado, por sus propios méritos, en el Panteón de París, la célebre tumba de las glorias de Francia.

Cuando se trasladó hacia allí, se necesitó construir un sarcófago de plomo con casi una pulgada de grosor para evitar que escaparan al ambiente los átomos radiactivos que todavía emanan del cadáver de la madre de la física moderna.

Y los científicos creen que estarán así, al igual que los cuadernos, el tiempo medio en que tardarán en desintegrarse los átomos de radio, el nuevo metal al que Curie entregó su vida y con el que cambió a la vez la historia de la física y la química.

Una casa radioactiva

En el sur de París en la comuna de Arcueil hay un edificio de tres pisos al que está prohibido el paso. Un alto muro lleno de grafitis y coronado de alambre de púas custodia la entrada. Las cámaras de vigilancia velan por los intrusos, mientras el gobierno chequea cada cierto tiempo con aparatos extraños sus alrededores.

La casa de la Rue de la Convention, sin embargo, está abandonada: es el último laboratorio donde trabajaron los Curie hasta que falleció y otro de los lugares donde los niveles de contaminación de los experimentos de la científica dejaron altos niveles de radiación para los siglos por venir. Le llaman el «Chernóbil del Sena», por los niveles de radiación que fueron detectados allí.

Lo que pasó antes de que se dieran cuenta, en homenaje a la científica, el laboratorio se siguió utilizando por décadas como sede del Instituto de Física Nuclear de la Facultad de Ciencias de París, sin saber que la radioactividad que guardaban sus paredes, alfombras, pisos, techos y empapelados era demasiado alta como para que se trabaje en ella humanos.

Y es que a final de su vida, Madame Curie trabajó desde allí, sin protección, con algunos de los metales radioactivos más nocivos, desde el torio y el uranio hasta el polonio. Según escribió en su autobiografía, uno de sus placeres en la noche era ver los destellos azul/verdosos que escapaban de los metales «como tenues luces de hadas». Y al manejar los metales radioactivos, iba, escribía y dibujaba en sus cuadernos, que se fueron impregnando de los átomos de todo lo que Curie tocaba.

Pasarían varios años para que la mayoría de las naciones, comenzando por EE.UU. en 1938 prohibieran su uso comercial de estos metales. Fue un golpe para varias industrias, porque a raíz de los descubrimientos de Curie y sus premios, los materiales radiactivos se habían vuelto tan populares que se utilizaban para hacer desde cremas faciales hasta maquinillas de afeitar e incluso ropa interior, con los más diversos fines, desde tratar la caída del cabello hasta la impotencia masculina.

Un largo camino sobre los cuadernos

Sin embargo, no fue hasta la década de los 80 que el laboratorio finalmente se vació, luego de que numerosos vecinos, según reportes de la época, denunciaran crecientes casos de cáncer en la comunidad. Entonces pasaron años antes de que se descubriera la presencia de radioactividad en los cuadernos. En una de las inspecciones, fueron hallados rastros no solo de radio, sino de un isótopo de uranio con una vida media de 4.500 millones de años.

Fue entonces cuando se decidió trasladar las pertenencias de Curie, incluidos sus cuadernos, considerados Patrimonio Nacional de Francia, a un lugar seguro en la Biblioteca Nacional. Una década después, el laboratorio recibió una profunda limpieza, pero todavía las autoridades francesas prohíben la entrada a la misma y continúan monitoreando periódicamente los niveles de radiación en sus alrededores, incluido el río.

Se estima que Francia ha gastado ya más de US$10 millones en la limpieza del sitio y se cree que la cifra se pueda multiplicar en los próximos años, cuando la casa/laboratorio sea finalmente desmantelada.

Los cuadernos, mientras tanto, se seguirán custodiando por más de un milenio y medio bajo urnas de plomo, esperando que los humanos, de algún futuro lejano, puedan volver a tocar sin trajes especiales y el testimonio a mano de una de las mujeres más brillantes de la historia.

Nota de BBC NEWS.

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