El trabajo infantil sigue creciendo

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Argentina difundió una encuesta llamada `El impacto de la pandemia covid-19 en las familias con niños, niñas y adolescentes’. Es un estudio realizado en conjunto con el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, UNICEF.

El 23 % de los adolescentes de nuestro país trabaja mientras que en noviembre de 2020 esa tasa era del 16%. Casi 7 de cada 10 adolescentes que están en el mercado laboral viven en hogares cuyos ingresos disminuyeron respecto al 2019. «Aparece el tema de las deudas en el hogar por adquirir alimentos como uno de los factores que también favoreció que los chicos comenzaran a trabajar durante la pandemia», dijo Gustavo Ponce, funcionario de la OIT Argentina a cargo de las investigaciones sobre Trabajo Infantil, en el marco de la difusión que el organismo hizo de la encuesta. ­

Así, entre los puntos destacados del informe se menciona que, en el país, uno de cada dos niños, niñas y adolescentes comenzaron a trabajar durante el período de aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO), por la Pandemia del Covid-19.­ El 68% del total de quienes trabajan para el mercado reside en hogares en que los ingresos laborales se vieron disminuidos con respecto al 2019. Comparado con un relevamiento anterior, este nivel aumentó cerca de 20 puntos porcentuales.­

La encuesta se llevó a cabo de forma telefónica entre abril y mayo de 2021, con representatividad a escala nacional y regional. El trabajo incluyó un bloque específico destinado a mujeres y otro a niños, niñas y adolescentes. Los datos arrojados son una muestra representativa de los efectos que sigue causando la crisis derivada del Covid-19 con respecto al aumento del trabajo infantil.­

En mayo de este año, el 44% de los niños, niñas y adolescentes de entre 13 y 17 años realizó tareas de cuidado, de atención a niños y niñas o a personas mayores con quienes conviven. Con respecto a octubre del año pasado, se registra un incremento de adolescentes que realizan esas tareas de 8 puntos porcentuales.­ A pesar de la vuelta a las clases presenciales, el porcentaje se incrementó. En este punto, el estudio señala que uno de cada cinco niños y adolescentes dijo no haber realizado este tipo de tareas antes del comienzo de la pandemia.­

Con respecto a las tareas domésticas, el 86% realiza trabajos de limpieza y/o cocina y el 70% hace las compras para su casa, sus familiares o personas cercanas del barrio.­ Otra problemática que puede asociarse al contexto de la pandemia es la desvinculación escolar, que se acentúa entre el grupo estudiado: un 9% abandonó la escuela durante el 2020 (un 2% no asistía a ningún establecimiento educativo) y un 35% no retornó en 2021.­

Por otro lado, entre los niños y adolescentes que no trabajan, un 5% abandonó la escuela en 2020 y un 15% no retornó durante el año 2021. Este dato da cuenta que la problemática de la deserción escolar no está vinculada exclusivamente al trabajo infantil. ­


La difícil situación­

Los problemas de empleo e ingresos que afectan a los hogares, suspensiones, despidos, disminución o pérdida de ingresos laborales, en este contexto de emergencia sanitaria, se evidencian en el endeudamiento. El 31% de los y las adolescentes de entre 13 y 17 años que trabaja, pertenece a hogares que para la compra de alimentos tuvieron que recurrir a algún préstamo o solicitarlos fiados en algún comercio.­

Para conocer un poco más de lo que significa este nuevo relevamiento, él medio digital, La Prensa, hizo una entrevista con Gustavo Ponce sobre su percepción del impacto que dejará en los chicos iniciarse en el mundo del trabajo:­

-¿Cómo recibió el incremento de chicos trabajando en la Argentina? ¿era algo esperable?­

-Me asombró la noticia porque hay un deterioro que es progresivo y no hubo una respuesta en materia de políticas públicas con un rol de urgencia para detener este fenómeno. Sí, entiendo que se tomó nota de la gravedad, pero no fue acompañado de unas medidas específicas. Me parece lamentable, pero también, por el otro lado, era esperable porque no hay algo específico como una acción para evitarlo. ­

-¿Por qué?­

-Es un fenómeno que crece porque está muy vinculado a la situación económica de los hogares y a otros factores que la situación de pandemia puso en jaque, por ejemplo, todo lo es el tema de protección social. Es decir, hubo medidas específicas de hecho aparece en el informe la cantidad de familias que están vinculadas a la protección social a través de algún tipo de programa o cobertura.­

-¿Las ayudas estatales hasta qué momento son eficientes para erradicar el trabajo infantil?­

-Fíjate que lo de la Asignación por hijo, por ejemplo, son medidas que han impactado en la disminución del trabajo infantil, pero no es una medida específica tampoco cómo le fue en Brasil el «Bolsa escola» o en México el «Programa oportunidades». Estos son programas de transferencia condicionadas donde uno de los elementos que tenía la familia para recibir ese beneficio era que los hijos no trabajen. No es el caso de lo que sucede en Argentina, pero de todos modos es algo que contribuye porque un chico en la escuela reduce la posibilidad de que vaya al mercado laboral, aunque de ninguna manera es excluyente, ya lo sabemos desde la primera encuesta que se hizo acá en el 2006 en que se vio que los chicos estudian y trabajan.­

-¿Cuánto impactó la desvinculación escolar en estos chicos?­

-La pandemia mostró lo que estaba por debajo del Iceberg, en términos de inequidades, de desigualdad de acceso de la escolaridad y, aparte, el tema de la brecha digital. Creo que también hay esfuerzos interesantes como el Programa de Generación Única donde estamos apoyando al Ministerio de Educación, junto Unicef y a otros actores para lograr respuestas concretas para mejorar el tema de la conectividad.­

-¿En qué consiste el programa?­

-El Programa Generación Única es un programa global que cada país lo ha tomado de distintos modos, pero acá en Argentina al principio comenzó favoreciendo la escolaridad y la calidad educativa de 65 mil chicos que estaban por fuera del sistema educativo de comunidades rurales dispersas. Después vino la pandemia y la decisión con UNICEF fue de ampliar este programa e ir por los 340.000 chicos que viven en zonas rurales y que sí están con dificultad de acceso y continuidad de sus estudios. ­

-¿Cómo sería el acceso a una educación de calidad?­

-Vemos que esto golpea más a los adolescentes y hay muchas cuestiones vinculadas al tema de educación de calidad. Me tocó ver en varias provincias un pizarrón dividido en cuatro en una escuela satélite porqué tenía chicos de cuatro edades distintas. Ahí uno puede decir, bueno los chicos van a la escuela, pero los docentes hacen lo que pueden. Creo que la educación no puede deslindarse de lo que es la economía regional y, también, de lo que es el horizonte de desarrollo, de seguir estudiando y de qué tipo de primer empleo de un joven.­

Sobre ese punto, lo que vemos es un nivel de desaliento donde muchas veces los chicos tienen que salir e ir a otras comunidades o familias, que, para lograr una mayor subsistencia, ven que el chico se vaya de la localidad atenta a la sostenibilidad grupal a nivel de chacra o de negocio pequeño que pueda tener. Es un tema complejo que no se resuelve solamente con cuestiones vinculadas con cómo mejorar la conectividad de los chicos, sino también tiene que ver con los contenidos. También, ahí hay una cuestión muy fuerte de género porque vemos que las adolescentes no eligen muchas veces las escuelas técnicas y, cuando se ven los números de trabajo infantil, están más vinculadas con los trabajos domésticos intensos. Y ahí surge la perspectiva de por qué una chica no podría ir a una escuela técnica para estudiar algo vinculado a la robótica y generar una salida laboral distinta vinculadas a accesos a otros mercados laborales.­


Acciones específicas­

-¿Qué acciones específicas, sean desde el Estado o la Sociedad, faltaron para que no se incrementará el trabajo infantil?­

-Para mí debería haber un pacto social para poner a la infancia en el lugar número uno de la agenda. Eso no está, no ocurre en este momento. Hay cuestiones muy discursivas vinculadas al mundo de la infancia, pero que no se traducen en propuestas y políticas públicas sostenidas en el tiempo o mensuradas, medidas y evaluadas como debería ser una política pública. Creo que ahí hay un déficit o una escisión entre la cuestión discursiva y la cuestión de los hechos. Por eso la consigna del año para la erradicación del trabajo infantil que es «Del compromiso a la acción» me parece que está muy bien. Ya hubo muchas cuestiones declarativas y acuerdos y todos sabemos que los niños y niñas no deben trabajar, pero falta poder unirlo o vincularlo un poco más con los ámbitos de decisión. Un ejemplo es que las tres centrales sindicales están trabajando en una capacitación a sus propios dirigentes para darles más herramientas para erradicación del trabajo infantil. Es un lugar de consenso y de acuerdo, pero que requiere ir un paso más y este, para mí, está en tomar distancia también y ver que el trabajo infantil no es un fenómeno aislado, sino que está muy ligado a la economía y al desarrollo de esa familia. También, a su protección social y a la trayectoria de vida propia porque muchos de los padres que han sido trabajadores cuando uno los encuentra a veces te pueden decir que no está tan mal que un chico trabaje, pero lo que no quieren es que sus propios hijos trabajen.­

-¿Por qué cree que sucede eso?­

-El mundo del trabajo es un mundo de responsabilidades que si se anticipa produce marcas que no están buenas. Según la última medición del 2016, que fue de todo el país tanto el ámbito urbano como el rural, ahí vemos que la edad promedio de ingreso al mundo del trabajo es de 11 años. Ahora, cualquiera piensa en un chico que conozca de esa edad y si está preparado para trabajar. ­

-¿Esto está vinculado a las condiciones estructurales que se menciona?­

-Sí, como algo más natural, más propio de la dinámica familiar, pero cuando se entrevista a esos chicos tienen vidas y un trabajo muy duro previo a ir a la escuela. Por ejemplo, tienen que levantarse temprano para dar de comer a los animales o trabajaron junto a sus papás en cosechas. Ahí se abre otra dimensión que tiene que ver con las políticas de cuidado infantil y cuántos lugares hay seguros para que los adultos trabajemos y nuestros hijos estén contenidos. Esto en el ámbito rural, claramente, es un déficit mayor que hay que seguir mejorando.­


Generación única­

En Argentina la educación secundaria es obligatoria para todos. Sin embargo, no todos los chicos y chicas del país acceden a su derecho de completar sus estudios.­ Los datos señalan que más de 65.000 adolescentes que viven en comunidades rurales remotas no asisten a la escuela. Esto se debe a que no hay escuelas secundarias en su entorno.­

Según el trabajo que viene realizando la UNICEF en la Argentina, los adolescentes de muchas de estas comunidades culminan su trayectoria escolar al finalizar la primaria o deben trasladarse a otras localidades, lejos de sus familias, para tener acceso a una escuela secundaria y así continuar con sus estudios. A su vez, estas comunidades presentan grandes dificultades en el acceso a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.­

La Secundaria Rural Mediada por Tecnología es un modelo innovador impulsado por UNICEF y los gobiernos educativos provinciales que atiende, de manera oficial, las características y necesidades de los jóvenes que viven en contextos rurales, favoreciendo el acceso a la educación secundaria.­

La iniciativa logra generar un impacto doble: garantiza a adolescentes una escuela secundaria accesible en su comunidad y, al mismo tiempo, el modelo contribuye a disminuir la brecha digital entre estos jóvenes y aquellos de contextos urbanos.­ Actualmente 7 provincias implementan este modelo que les permite a los jóvenes desarrollar nuevas y más habilidades digitales, clave para su vida en el siglo XXI.­


Diferencia­

Durante el aislamiento social y obligatorio que se impuso en la Argentina, los chicos y las autoridades buscaron nuevas maneras de vincularse, acceder a recursos para estudiar y estar informados. Para ello, la educación inclusiva, equitativa y de calidad, también es un derecho.­

En el mundo, millones de chicos y chicas, junto a sus familias, y docentes aprenden esta nueva forma de estudiar, de reorganizar los contenidos y adecuar los horarios a las distintas posibilidades. La falta de internet en los hogares es un cuello de botella que enfrentan las Escuelas secundarias rurales mediadas por Tecnologías a las que asisten actualmente más de 1500 adolescentes en 7 provincias de nuestro país.­

Según datos de ENACOM, en Argentina, 6.5 de cada 10 hogares tuvieron acceso a internet en el tercer trimestre de 2019, y en las provincias del nordeste y noroeste de nuestro país esta relación baja a 4 de cada 10 hogares.­

Nota de La Prensa.

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